lunes, 10 de marzo de 2014

Leyendo “El precio de la desigualdad”, de Joseph E. Stiglitz



Durante estos últimos días he estado enfrascado en una interesante y necesaria lectura que tiene por título “El precio de la desigualdad”, obra escrita por el economista y Premio Nobel  Joseph Stiglitz. Ya cuando leí “El malestar en la globalización” me gustó bastante la forma en que Stiglitz plantea muchos de los problemas económicos y sociales que tenemos en nuestra época  , así que llevaba tiempo con ganas de hincarle el diente a este libro.

Aunque “El precio de la desigualdad” se centra especialmente en EEUU, este ensayo es un lúcido análisis de la situación socioeconómica actual, con una cada vez más alta desigualdad entre clases sociales y un debilitamiento progresivo de la democracia, que, con matices, son problemas que podríamos extender a cada uno de los países industrialmente avanzados. 

El capítulo 1 arranca con unos datos escalofriantes: “cinco años de pues (de la crisis financiera del 2007-2008), uno de cada seis estadounidenses querría un trabajo a tiempo completo, pero sigue sin encontrarlo; aproximadamente ocho millones de familias han recibido la orden de abandonar sus hogares, y varios millones más prevén que van a recibir una orden de desahucio…” (pág. 47). El fin de la burbuja inmobiliaria sigue cobrándose víctimas en el país de las oportunidades, a pesar de ser allí donde teóricamente disponen del mercado laboral más flexible del mundo desarrollado.

Lo más sangrante de la crisis es que ha dejado ver más que nunca la profunda desigualdad  existente en EEUU. Tras la crisis, el 1% de la población controla el 20% de la riqueza, a pesar de que muchas de sus inversiones se vieron afectadas por la crisis. Pero, incluso dentro de ese 1%, el  0,1% de los perceptores más altos de renta son los que se están llevando un porcentaje mayor de la tarta. Para ser más claros, en el 2007, antes de la crisis, ese 0,1% de la población rica percibía una renta 220 veces mayor que la media del 90% de las familias inferiores (pág. 48). Mientras que los ingresos de las clases medias e inferiores han disminuido, las clases altas siguen creciendo, lo cual es curioso, porque el citado efecto goteo que afirma que si hay más ricos al final se beneficia toda la población  no se está viendo por ningún lado.

La desigualdad en los EEUU ha crecido sustancialmente en los últimos 30 años, sobre todo con el arranque de las políticas neoliberales de la era Reagan. Antes de esa época, el 1% de la población más rica recibía el 12% de la renta nacional. Tras la Segunda Guerra Mundial, el país crecía “colectivamente”, por lo que, según Stiglitz, la desigualdad tan abismal es algo “relativamente nuevo”. Resumiendo, “la historia de EEUU es ésta: los ricos se está haciendo más ricos, y los más ricos de entre los ricos se están haciendo todavía a más ricos, los pobres se están haciendo más pobres y más numerosos, y la clase media se está vaciando.” (pág. 54)

La desigualdad influye incluso a la hora de acceder a trabajos cualificados, a pesar de que los hijos de los pobres y los ricos tengan la misma formación académica. La probabilidad de que un licenciado rico consiga un buen empleo es mucho mayor que la de un licenciado hijo de padres humildes. Esta situación, unida a la dificultad para acceder a la educación y al enorme endeudamiento de los estudiantes norteamericanos, dificulta aún más la movilidad social (partiendo de que aquellos que estudian son una minoría. Ya en la página 255, Stiglitz dedica un interesante espacio al programa de créditos a los estudiantes).

El autor plantea una reflexión muy interesante, que no es  otra que preguntarnos por qué los ingresos de los ricos son tan escandalosos y los poderes públicos le son tan beneficiosos.  Si el sueldo de una persona, según justifican los adinerados, va en función de lo que “aporta” a la sociedad, ¿alguien nos explica el hecho de que un banquero que ha arruinado una entidad siga cobrando una cifra tan astronómica, mientras que un científico casi no tiene para llegar a fin de mes? Pues simplemente porque las finanzas controlan al poder político y, por extensión, terminan influyendo en el panorama normativo, que se convierte en el marco por donde se mueven libremente. La “Teoría de la productividad marginal”  parece que no se termina de aplicar aquí.
El autor hablará en los capítulos sucesivos sobre esta capacidad de captación de rentas que tienen “los de arriba”, siendo capaces de lucrarse aún más con las constantes bajadas de impuestos, leyes que los benefician, por ejemplo, a la hora de extraer materias primas pagando precios irrisorios, o funcionar como monopolios con el beneplácito del gobierno. El sistema financiero es el gran culpable de la situación actual, su excesiva liberalización y su volatilidad, aunque no el único responsable, evidentemente. Su capacidad para influir ideológicamente en la Reserva Federal ha conseguido hacer creer que el único problema de la economía es la inflación, relegando el empleo a una posición secundaria. 

Pero, cómo no podía ser de otra manera, la Reserva Federal también recibirá su merecida crítica por parte de Stiglitz, que la culpa de prestar dinero barato a los bancos -por no decir a interés próximo a cero- para que luego éstos últimos se lo dejen al estado a un tipo de interés mayor. ¿Quién se beneficia de este juego? (pág. 97)

Otro aspecto interesante ha sido la gran transformación del mercado de trabajo estadounidense, azotado por la deslocalización, la globalización y el cambio tecnológico, variables que han  provocado la  pérdida de mucho empleo en sectores industriales otrora potentes. Estos cambios fueron camuflados con la burbuja inmobiliaria precedente a la crisis actual, que al estallar no hizo otra cosa que ahondar en una herida ya abierta. Además, perder industria también supone un cambio en las relaciones laborales, caracterizada por una disminución del poder de los sindicatos y un incremento del poder del capital (pág. 114). 

Resulta curioso cómo, a nivel de PIB, conforme el equilibrio de las relaciones laborales se pierde, los salarios bajan y las remuneraciones de los altos directivos se incrementan incluso sin el beneplácito de los accionistas. Como bien nos explica el Nobel de Economía, el poder político no será otra cosa que el reflejo de esas relaciones de poder, y es claro hacia dónde se inclina la balanza.

No quiero extenderme mucho, pero todavía hay un par de ideas que no me interesa soslayar.
 La desigualdad no sólo es rechazable moralmente, sino que incluso económicamente no interesa. Reduce la productividad del trabajador, ahonda en la separación entra la población y sus instituciones e incrementa la inestabilidad, la criminalidad y la falta de confianza (pág. 176) 

Entonces, ¿cómo se pueden mantener estas cifras? Pues aquí juega un papel crucial no sólo el control por parte del poder económico del gobierno, sino su capacidad para legitimarse a través de los medios de comunicación y la trasmisión de una cultura impregnada de ideología. Sí, amigos, la televisión nos lava el cerebro, porque está claro que la percepción que tiene la población sobre la desigualdad o la movilidad social es infinitamente mayor que la realidad. De hecho, “en un estudio reciente, los encuestados pensaban, de media, que el 20% más alto de la población poseía algo menos del 60% de la riqueza, cuando la realidad es que ese grupo posee aproximadamente el 85%.” (pág. 204) Aunque la mayoría de los encuestados reconocen que cierto nivel de desigualdad es aceptable para que la gente esté incentivada a innovar, esta desigualdad es de raíz inaceptable para todos. Para todos no, para ese 1% la situación va de perlas.

Subir más los impuestos a las rentas muy altas no reduciría la actividad económica, tal y como argumenta el economista. El problema no está en el lado de la oferta -empresas e inversión-, sino en el lado de la demanda -consumidores-. Donde hay que poner más dinero es en los bolsillos de la gente de abajo y de en medio, no en las altas rentas a las que les sobra. Para ello, ya en los últimos capítulos, Stiglitz analizará qué medidas se pueden implementar para activar la economía, reducir la desigualdad e intentar que el crecimiento sea más sostenible. También nos explica el famoso concepto del efecto “multiplicador” del gasto público, elemento que hace que la economía de un gobierno se diferencie en parte de la economía doméstica de una familia (el gasto público puede crear empleo incurriendo incluso en deuda, una familia aislada no). Ah, por cierto, por muy mal que lo haga la Reserva federal de EEUU, el autor considera que en Europa se ha hecho tremendamente peor.

El último capítulo sirve de recopilación de aquellas medidas económicas o políticas económicas que el autor considera urgentes si queremos mejorar la economía y la equidad. Para mí, ha sido ver un poco de luz al final del túnel, porque, por lo menos, parece que a cada crítica puede existir una alternativa posible a priori bastante sensata.
Ya tenemos una nueva lectura para hacernos una idea de cómo se reparte el pastel en la sociedad en que vivimos. Recomendable.

Ficha Técnica
Editorial:
Publicación:
05/02/2014
Género:
Actualidad
Formato:
12,50 x 19 (Rústica fresada)

ISBN:
9788466327817
EAN:
9788466327817


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